Todos sabemos lo difícil y a la vez extraordinaria que resulta la etapa de la adolescencia. Los cambios en nuestros hijos e hijas van mucho más allá de la voz, la altura o los rasgos faciales. Los más problemáticos, al menos en lo que se refiere a el equilibrio familiar, son los que tienen que ver con los deseos, el distanciamiento, la comunicación y la regulación emocional.

En realidad, no hay forma alguna de suprimir el impacto de esta etapa en la dinámica familiar y personal. Pero sí podemos allanar el camino para que, cuando se den todos estos cambios, podamos (todos) entenderlos y entendernos mejor, disminuyendo o suavizando los encontronazos, a menudo violentos, y aproximándonos (también todos) a elecciones respetuosas que tengan en cuenta todas las partes; la nuestra, por supuesto, y también la suya.

Prepara su adolescencia

1. Si quieres que de adolescente te escuche, escúchale de niño/a.

Qué padre o madre no se ha lamentado en algún momento de que su hijo/a adolescente no le escucha. Y es que, en esta etapa, es muy habitual que el deseo de independencia se confunda con hermetismo y falta de interacción con el resto de la familia.
Un chico o una chica adolescente, no necesitan no interaccionar con su familia. Necesitan hacerlo de un modo distinto, nuevo, adaptado a sus recién estrenadas características de casi adulto/a.

El problema es que, si no hemos sentado unas bases en la infancia, será muy muy complicado que de adolescentes lo logremos. Por eso, seguir esperando que un chico o una chica desarrolle la escucha de repente no solo es poco realista, es un sinsentido. Para poder hacerlo, debe de haberlo interiorizado previamente. ¿Cuándo? Desde su nacimiento. ¿Cómo? Con el modelo de sus padres y hermanos/as. ¿Dónde? Allá donde estéis, hagáis lo que hagáis, pase lo que pase.
Y sí, esto último es lo más importante, en un día lleno a rebosar de exigencias y obligaciones que muchas veces nos distancian de nuestros objetivos.

Por eso, os animamos a que pongáis la escucha hacia vuestros hijos e hijas en la parte de arriba de vuestras listas de prioridades, ya desde la infancia. En unos años, todos lo agradeceréis.

Trabaja la adolescencia desde la infancia

2. Si quieres que de adolescente te respete, respétale de niño/a.

La inmensa mayoría de los padres quieren y se esfuerzan en tratar a sus hijos e hijas con respeto, de eso no hay duda. El problema es que, muchas veces, la sociedad nos hace interiorizar prácticas que damos por hechas, con total normalidad, pero que, cuando podemos cuestionarlas, nos damos cuenta de que son muchas cosas, pero no respetuosas.

No llores que estás fea/o, cállate, no digas tonterías, ya has vuelto a hacerlo mal, cachete, grito, zarandeo, siempre igual, me tienes harto/a, y podríamos seguir con un largo etcétera, casi interminable.
Muchos de los padres y madres con los que trabajo desean identificar y entender el impacto de estas prácticas en la emocionalidad de sus hijos e hijas, y aquí suele ser útil analizar las dinámicas cotidianas con esmero y, una vez encontradas, entenderlas y buscar alternativas más respetuosas.
Os animo a todos los padres y madres que os intereséis por comprender y mejorar todas estas dinámicas, que os pongáis en manos de un/a profesional, que os asesore y os apoye en el proceso.

En todo caso, a la hora de establecer si algo es respetuoso o no de cara a los hijos de mis pacientes, a mí me suele resultar útil la siguiente máxima: Si no se lo harías a un adulto, no es respetuoso.

3. Si quieres que de adolescente te explique las cosas, explícale las cosas de niño/a.

Muchos padres y madres pueden no sentirse cómodos a la hora de compartir con sus hijos detalles de su intimidad. Explicarles que me he peleado con tal, o estoy triste por x, o me molesta lo que menganito ha dicho o hecho, suele generar rechazo en muchos padres y madres que, al final, priorizan la protección emocional de sus hijos e hijas.

Honestamente, no creo que haya que diseccionar todas las situaciones conflictivas con o delante de nuestros hijos. Pero puede resultar útil ofrecerles versiones adaptadas a su comprensión, que les permita hacerse una idea de cómo nos sentimos y por qué, y sobretodo que les ofrezca la posibilidad de aprender que, a menudo, expresar nuestras emociones con la gente en la que confiamos, suele ser reparador y aliviante, y ayuda a ver las situaciones con mayor distancia.

Comparte con tus hijos/as aquellas situaciones que, aun no siendo agradables, estén presentes en tu día a día. De todos modos, ellos captarán tu emocionalidad, de la misma manera en que tú captarías la emocionalidad de tu hijo o hija adolescente. Ellos se preocuparán al captarla, del mismo modo en que tú te preocuparías al captarla en tu hijo/a adolescente. Y ellos querrán ayudarte, igual que tú querrías hacerlo con tu hijo o hija adolescente.
Si, desde la infancia, sientas un precedente de comunicación activa y transparencia, será mucho más fácil que en la adolescencia esto se haya convertido en algo que se dé por hecho, más allá de los deseos de independencia e intimidad que se estén desarrollando.

4. Si quieres que de adolescente sea responsable, ayúdale a serlo de niño/a.

Muchos padres se sorprenden ante la irresponsabilidad que sus hijos e hijas adolescentes desprenden. Es cierto que es propio de esta etapa explorar, experimentar, buscar innovación, sensaciones intensas y, sobre todo, revelarse contra la norma.Pero tengo que deciros que todo ello puede hacerse desde la responsabilidad y el sentido de la autoprotección.

Sin embargo, de nuevo nos topamos con que no podemos esperar responsabilidad de alguien que no ha aprendido a serlo anteriormente, por muy adolescente que sea.

Por ese motivo, es muy recomendable que ya desde pequeños permitamos a nuestros hijos ir haciéndose cargo de pequeñas responsabilidades, siempre adaptadas a cada etapa evolutiva, que le ayuden a interiorizar la responsabilidad como algo natural y constructivo, identificar y valorar sus propias capacidades y cultivar su autonomía de un modo saludable.

5. Si quieres que de adolescente confíe en ti, dale tu confianza de niño/a.

El tema de la confianza podría darnos para un libro entero, de varios tomos. Es un tema extenso y peliagudo, especialmente en esta etapa. Muchos padres de adolescentes comentan la facilidad en que sus hijos les engañan, ya sea en pequeñas o grandes situaciones.

Se trata de chicos y chicas inteligentes, que han aprendido que, para conseguir algo, todo sirve. ¿De dónde ha podido aprender eso? Pues de la sociedad, de los medios de comunicación, de sus compañeros y compañeras de clase, incluso de sus profesores y profesoras y, también, de… nosotros. Sí, por mucho que nos duela reconocerlo, de todos y todas nosotros/as.

Qué padre no le ha contado una milonga a su hijo/a porque en ese momento no tenía tiempo de decirle la verdad. Qué padre, en un intento de protegerle, no se ha inventado una historia que suavizara una situación difícil, para que no se sintiera mal. Cuántos padres y madres han camuflado brócoli en la boloñesa y han mentido cuando sus hijos e hijas han notado un sabor distinto.

Son todo tonterías, pensarás. Puede que lo sean, pero sientan un precedente. O varios. O incluso construyen una dinámica en la que, años después (o quizá antes) ellos reposarán sus mentiras, también con tonterías, muchas no tan tontas.
Por otro lado, remarcar la importancia de que la confianza debe, necesariamente, ser recíproca. Si percibimos recelo, no confiamos. Y en realidad, si lo pensamos, es natural que no lo hagamos.

Por eso, tu hijo/a adolescente no va a confiar en ti si percibe tu desconfianza en él/ella. Y tampoco lo hará si, desde niño/a, no ha notado que confiabas en él o ella, que le creías de inmediato, que no cuestionabas su palabra.

Mireia Valera
Dirección
Psicología General Sanitaria
Esp. Psicopatología Clínica y Terapia Contextual
Num. Col. 22209